La Carbonera

 

William se despierta en un lugar húmedo y oscuro. Descubre aterrorizado que lo han enterrado... ¿Vivo? La verdadera historia sobre la niña de la carbonera que le contó Spike a Dawn en el capítulo  5x14, Crush.

 

El despertar.

Londres, 1880

 

            Sintió un terror indescriptible cuando abrió los ojos y la oscuridad lo envolvió. Intentó  moverse, ponerse en pie, pero su cabeza chocó contra algo duro. Madera. Madera húmeda. Tanteó con las manos y comprobó que estaba en metido en un cajón de madera. Entonces gritó. Gritó hasta que se quedó afónico. ¡Lo habían enterrado vivo!

            Golpeó con todas sus fuerzas contra la tapa, sin dejar de gritar. Después lo intentó también con los pies, con la cabeza. El olor a sangre fresca inundó el reducido espacio. Sangre, su sangre, pero no le importó. Tenía que salir de allí como fuera. ¡Su madre lo necesitaba, por Dios! ¡No podía abandonarla a su suerte estando tan enferma como estaba!

            Los gritos se convirtieron en  rugidos de furia. Golpeó con más fuerza hasta sentir que los huesos crujían, pero no le importaba el dolor.  La sensación de morir  atrapado bajo tierra era mucho más temible que el dolor que le hacía palpitar la cabeza.

            De pronto la tierra húmeda comenzó a golpearle la cara. Escupió y soltó una carcajada histérica.  Las tablas carcomidas comenzaron a ceder, y esta vez si que rió de júbilo.

            Haciendo un último esfuerzo empujó con todas sus fuerzas, emergiendo entre la tierra húmeda y los restos de madera de su ataúd. Gateó hasta sentir la hierba mojada bajo sus palmas ensangrentadas y entonces se dejó caer boca arriba con los ojos cerrados, jadeando por el esfuerzo.

            Un par de minutos después su respiración se reguló, y solo entonces tuvo el valor para abrir los ojos y echar un vistazo a sus manos destrozadas. Incluso le faltaban uñas. Se miró los pies, dejando escapar un suspiro de alivio cuando comprobó que estaban en mejores condiciones que sus manos, ya que los zapatos de buena calidad lo habían protegido de los golpes.

            Miró a su alrededor buscando ayuda, pero debía de ser media noche y el desvencijado cementerio estaba desierto. Se levantó como pudo, sacudiéndose la tierra del traje de corte impecable. Sacando un inmaculado pañuelo blanco del bolsillo interior, caminó tambaleante hacia lo que parecía una fuente y se lavó los restos de sangre lo mejor que pudo.

            Entonces sintió hambre. Un hambre atroz que le hacía rugir el estómago. Sintió una tirantez en la cara y sus manos volaron hacia ella, gimiendo cuando sus machacados dedos tocaron unas extrañas protuberancias.

            Sin poderse contener lamió una gota de sangre que se escapó rauda de su nariz, tocándole los labios. Y se sintió bien por primera vez desde que despertara en la tumba.

            “¡Dios mío, soy... un vampiro!”

 

 

De caza.

Muelles de Londres, 1880. Tres días después.

 

            William caminaba por la infecta calle mirando a un lado y a otro, buscando comida. Todavía no podía creerse que fuera una criatura de la noche, que estuviera muerto,  pero así era. Ella le había preguntado si quería algo brillante, y él dijo que sí. Pero la muerte no era brillante para nada. Era solo oscuridad. Fría y dura oscuridad.

            No sabía muy bien qué debía de hacer, cómo comportarse, pero su nuevo instinto de supervivencia lo guiaba directo hacia los humanos. Ya no veía en ellos personas, solo alimento. Habían pasado tres días desde que se despertó en aquel mugroso cementerio para descubrir, tras los primeros minutos de desconcierto que no le latía el corazón, que respiraba por hábito, no por necesidad, que su cara se convertía en una masa abstracta de huesos, músculos y colmillos; y que una fuerza sobrenatural le bullía por la sangre, multiplicando por mil todos sus sentidos.  Haciéndole más fuerte que cualquier estibador de los muelles por los que ahora caminaba con paso decidido.

            Su primera víctima le había costado, y eso que era un débil mendigo que dormía la borrachera a las puertas del cementerio, pero los siguientes habían sido más fáciles de matar. Un leve giro en su cuello, un crujido y… comida caliente.

            Los muelles de Londres estaban abarrotados de prostitutas, marineros borrachos y vagabundos, de los que nadie se preocupaba. Y de niños. Pequeños y sabrosos aperitivos. Solo que no había sido capaz todavía de comerse ninguno. Más que nada por que aquellos pequeños bastardos corrían como gamos cada vez que se acercaba a uno, y eso que llevaba su apariencia humana, pero ellos intuían sus intenciones, podía jurarlo. Con solo cruzar sus miradas, notaban que algo iba mal, y huían, no sin antes levantarle de manera obscena los dos dedos centrales.

            Había muchos niños vagabundos en los muelles. Cuando era humano, no solía frecuentar esos sórdidos lugares. Era ajeno a toda esa miseria, pero ahora sí. Ahora podía verla.

            Era un buen sitio para cazar.

            Y… ¿Ella? Podía sentirla cerca, muy cerca pero no la veía. Ya la había notado en el cementerio, pero su madre vampírica no se acercó a él.  ¿Estaría probándolo?

            Si era así podía estar orgullosa de él: Había sobrevivido tres días tras despertarse. Y mejoraba por horas. Sonrió. ¡Si quisiera, podría vengarse ahora del petimetre de Thomas, dándole un buen susto! Todo llegaría. Lo primero era lo primero.

            William se apoyó en una pared, cruzándose de brazos, buscando a su próxima víctima con la mirada. Ya no cazaba al azar, ahora elegía a su presa, trazando un plan para cazarla, así era mucho más… divertido.

                 Sus fríos ojos se posaron de pronto en una pequeña figura que caminaba con rapidez por la infecta callejuela. Sus cabellos rubios brillaron un momento al ser alumbrados por la débil luz de la farola de gas que estaba en la esquina.

            William se apartó de la pared, y siguió con cautela a la niña. No quería asustarla… antes de tiempo. Ella corría, más que andaba, murmurando en voz baja lo que parecía una plegaria. Estaba asustada, y no de él.

            La curiosidad pudo más que sus ganas de cazarla. De alimentarse de su sangre virginal. La siguió a distancia, hasta salir de la zona de muelles hasta otra calle no mucho mejor que la anterior. Varias casas de “dudosa reputación”, además de algunos antros de peor reputación todavía, conformaban el barrio.

            La niña se detuvo ante una de las puertas y tocó suavemente con el puño, totalmente encogida. Unos segundos después se abrió, dejando ver un tipo de aspecto fiero que miraba a la chiquilla como si fuera una cucaracha.

            William se escondió en una esquina cercana a la casa y esperó. Oyó como intercambiaban unas palabras, y como después el gigante arrastraba por los cabellos a la niña dentro de la casa.

            “¿Pero qué demonios…?”

            Su presa había escapado de él,  pero por los gritos que oía y los golpes, su destino actual era todavía peor.

            Dejando su parapeto, William  se asomó por una sucia ventana para ver qué sucedía. El muy cerdo le gritaba a la niña, rebuscándole entre los bolsillos. Al no encontrar nada, la golpeó sin piedad.

            El vampiro vio una sombra moverse. Una mujer desaliñada, con una botella de ginebra en la mano observaba la escena sin inmutarse. ¿Sería la madre de la niña? También tenía el pelo rubio, aunque oscurecido por la mugre. No podría jurar que fuer así.

            La niña se encogió en el suelo al recibir una patada en las costillas de aquel bastardo. William quiso intervenir. Aparto la mirada conmovido. Algo en su interior hacía que las tripas se le revolvieran de asco al presenciar la escena que se desarrollaba antes sus ojos, y no sabía por qué. ¿Acaso no era un vampiro despiadado? ¡No debería sentirse así! Tuvo ganas de matar, pero no a la pequeña, si no al cabrón maltratador y la zorra que observaba la paliza sin hacer nada por ayudar a esa criatura. Pensó en patear la puerta y entrar, pero ya había intentado entrar en otras casas, y había descubierto que de no ser invitado, no podía hacerlo.

            Los gritos cesaron de pronto. William giró la cabeza y vio como la niña era arrastrada fuera de su campo de visión.

            Tenía que hacer algo. Fue directo a la puerta. Estaba levantando la pierna para tirarla abajo de una patada cuando se abrió. Retrocedió un paso, agarrando por el cuello al tío que salía en ese momento.

            William vio sus ojos llenos de terror cuando lo levantó del suelo con una mano y cambiaba a su cara menos amable. El hombre pataleó unos segundos, pero dejó de hacerlo cuando notó como le faltaba la respiración, perdiendo el sentido. El vampiro maldijo. Lo necesitaba despierto para entrar. Entonces la mujer que había dentro de la casa se asomó a la puerta, gritando como loca al ver la escena.

            “¿Es tu marido?” le preguntó, señalándolo con la cabeza. Ella asintió “Invítame a entrar y te prometo que no lo mataré” la mujer se encogió de hombros. William sonrió, sacando una caja de cerillas de su bolsillo “Le pegaré fuego a la maldita casa contigo dentro, zorra”

            Esta vez la amenaza surtió efecto. Una vez que William estuvo dentro de la casa, las cosas pasaron muy rápidamente. Cuando dejó caer al hombre al suelo, ya estaba muerto, con el cuello roto y antes de que pudiera gritar, ella también.

            William dejó el cuerpo desmadejado de la fulana en el suelo, sin prestarle la más mínima atención. Las muertes habían sido rápidas y limpias. Algo que no se merecían, pero temía por la niña. Aguzó sus sentidos, quedándose inmóvil para escuchar el más mínimo ruido. La casa era grande y llena de recovecos. Y entonces lo oyó. Un leve gemido. Un susurro. Caminó despacio olfateando el enrarecido ambiente, hasta llegar a lo que parecía una leñera o una carbonera. Sabía que la niña estaba allí, así que apartó el pestillo y tiró con fuerza de la puerta, casi arrancándola de los goznes.  Estaba oscuro, pero podía notarla. Se agachó, estirando la mano para atraparla, pero entonces la niña se echó en sus brazos, sollozando, y William sintió que no estaba tan muerto como creía, porque aquel abrazo lo conmovió.

            ¿Qué iba a hacer ahora con ella? Una muerte rápida sería un acto de caridad, dadas las circunstancias.

 

 

Decisiones.

Londres, más tarde, esa misma noche.

 

            William la apartó suavemente, tras unos embarazosos segundos. Sus enormes ojos color caramelo lo observaban con detenimiento, y William pensó que eran los más bonitos que había visto en su vida. Incluso eran más bellos y profundos que los de Cecily. Más profundos que los de aquella misteriosa dama que lo habían convertido en lo que era ahora.

            “¿Qué voy a hacer contigo?” se preguntó en voz alta y ella le sonrió.

            “Llévame contigo” William negó con la cabeza y el rostro de la niña se ensombreció. El vampiro luchaba contra sus recién adquiridos instintos de cazador, contra su demonio interior que le gritaba que acabara con la miseria de la niña, pero por otra parte un sentimiento de protección y simpatía hacia la pequeña le impedía hacerlo. Era algo que no podía comprender, pero ahí estaba. ¿Cómo era posible que siendo vampiro guardara en su interior buenos sentimientos hacia alguien? El caos mental en el que estaba sumido esas últimas horas lo estaban volviendo loco.

            Tenía que deshacerse de la niña cuanto antes. Y después tomó una decisión: la llevaría a casa de unos primos lejanos que no tenían hijos.

Caminaron por las calles del centro de Londres con presteza. William tenía todos sus sentidos alerta. Era como si un sexto sentido le advirtiera del peligro, y  al cruzar el Parque de San  James sus temores se vieron confirmados. Dos altas figuras de rostros desfigurados les cortaron el paso.

            Kyra se apretó contra él de forma instintiva, ocultando la cara entre los faldones de su larga chaqueta gris. William la apartó un poco, pidiéndole que esperara tras él, cobijada por un árbol.

            No hubo conversación previa, ni un educado saludo. William sabía lo que querían y estaba dispuesto a matar para impedirlo. Una niña pequeña era un bocado demasiado exquisito para convencer con palabras a sus oponentes, así que se lanzó contra ellos sin pensárselo. No sabía nada de luchas callejeras. Solo había practicado un poco aquel deporte que había puesto de moda para los nobles, el marqués de Queensberry, pero no creía que los dos energúmenos que tenía frente a él siguieran las normas que había implantado dicho noble.

            Y eran dos.

            La lucha fue encarnizada. Era una lucha a vida o muerte,  en la que no solo se jugaba su no vida, sino la de la niña. Y la de su madre. Tenía que ganar como fuera.

            Y lo hizo.

            No sabía en qué momento ni cómo. Pero cuando una pequeña mano le tiró del faldón de la chaqueta, llamando su atención vio que había vencido. Sus dos contrincantes solo eran una mancha de polvo en el suelo.

            Rugió de satisfacción. Había ganado su primera pelea a muerte.

            Cambió rápidamente de cara al recordar a la niña. Sin embargo, ella no le miraba con horror al ver su rostro deformado. Sin decir una palabra lo tomó de la mano y comenzó a caminar con él.

            William sintió que la emoción le embargaba el pecho. ¿Podía sentir a la vez dos sentimientos tan contradictorios? La ternura hacia una niña humana iba en total desacuerdo con su ser como vampiro. Pero así era.

            Cierto que la sangre lo llamaba. La lucha con los dos vampiros le llevó hasta cuotas imponderables de violencia que nunca antes había experimentado. Le gustaba luchar. Le gustaba ser poderoso. En resumen: le gustaba ser un vampiro y lo que ello implicaba.

        Ya nunca más sentiría miedo. Nadie lo haría sentirse humillado ni menospreciado. Ahora era fuerte, aunque algunos sentimientos lo debilitaran.

            Cuando dejó a Kyra con sus parientes, tras prometerles que les enviaría dinero para sus cuidados, William se dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.

            Necesitaba pensar qué hacer con el largo futuro que le esperaba. Todavía le quedaba algo de dinero, pero no podía vagabundear por la calle sin más. Cerró los ojos y entonces la oyó.

            “Ese es mi chico”

            William levantó los ojos hacia la figura que le miraba sonriendo. Era ella. Su dama oscura. La mujer que lo había convertido en lo que era. Ella le tendió su mano enguantada en encaje negro y él se la besó, levantándose y siguiéndola hacia la oscuridad, que era donde ahora pertenecía.

 

FIN